viernes, 1 de mayo de 2015


Non rao nete:

el mundo medicinal y visionario

del pueblo shipibo-konibo


por
Inin Niwe
&
Chonon Bensho

 

 


 

                1. En nuestros días, las cosas se muestran muy confusas. Pocos puedan dar una explicación acertada de la sabiduría medicinal que hemos heredado de nuestros ancestros. El pueblo shipibo se halla confundido bajo la influencia de otras culturas y el dominio del dinero. Los peces, las tortugas, los grandes animales acuáticos, desaparecen de nuestros ríos; los animales de monte se esconden en territorios cada vez más hondos; los madereros cortan los bosques. Y los jóvenes dejan las comunidades para buscar una vida en la ciudad. No respetan ya las palabras de los mayores. Y es que incluso los viejos parecen no tener voz, pues andan como mudos y sin recordar la fuerza de sus padres. Es solo cuando volvemos la vista a los antiguos y retomamos sus rumbos, que desaparece el desconcierto. Quien camina siguiendo la herencia de los sabios padres no ha de perderse; dará pasos firmes y conocerá hacia dónde dirigirse. Tendrá que superar pruebas, pero nada lo podrá hacer tambalear; y si llega a caer, sabrá cómo levantarse, porque su raíz se hunde con profundidad en buena tierra.

El legado de nuestros padres es la luz que orienta e ilumina nuestras vidas. Mediante esa herencia los pueblos indígenas podemos vencer la ignorancia y la pobreza espiritual, pues nuestros antiguos eran personas sabias, de pensamientos poderosos. El verdadero oro del Perú es el gran conocimiento de los antiguos. Aunque mucho de este conocimiento se ha perdido, aún hay unos pocos herederos de esa sabiduría medicinal y vital. Los herederos de este saber tenemos la responsabilidad de compartirlo con los hombres y mujeres de buen corazón que precisen nuestra ayuda. Somos solo instrumentos de la medicina que, con generosidad, brinda el Gran Espíritu (Nete Ibo) para el perfeccionamiento de los seres y el retorno de los espíritus a su fuente original. Pues el movimiento de la vida natural siempre tiende al origen. En tanto más se separa el ser humano su origen, más se desgasta y pierde la fecundidad. Su cultura se hace estéril y recurre a lo artificial para aparentar que aún vive. Y es entonces que surge el gran desajuste y la desarmonía, causando enfermedades físicas, psíquicas y espirituales.

                Son muchas las personas de distintas nacionalidades que, hartos de las respuestas que les brindan sus propias sociedades, intuyen que nuestra herencia medicinal puede ayudarlos a encontrar posibilidades vitales más amplias y satisfactorias. Sin embargo, siendo para ellos la selva y nuestra cultura una geografía tan exótica, llegan con poco conocimiento, guiados por los caprichos de sus intuiciones y sin saber diferenciar la verdad de la mentira. Para muchos de ellos la inmersión en nuestras plantas medicinales es poco más que una vía de evasión de la estrechez asfixiante de sus vidas urbanas. Pero nuestros antiguos no querían evadirse de nada cuando tomaban ayawaska; por el contrario, con el ayawaska se sumergían en las profundidades inadvertidas de la realidad. Comprobaban que los mundos espirituales de los que hablaban sus padres eran ciertos. Y escuchaban las voces siempre nuevas de sus ancestros. Y nutridos de la fuerza de esas voces y poderosos pensamientos, ellos mismos se hacían fuertes y sabían caminar de la manera correcta sobre la tierra. Gracias a las plantas aprendían cómo debían moverse en la selva, cómo pescar en los ríos, cómo pensar con tranquilidad y respeto, cómo educar a sus hijos y vivir en pareja sin conflictos. Y, aunque no sabían escribir, no perdían la memoria de sus antepasados. Pues en el interior de los árboles y de las plantas estaba como escrita toda la sabiduría que precisaban para prosperar.   

 

 

2. Para entender lo que viene sucediendo con nuestra herencia medicinal, es necesario revisar un poco de historia. La selva era conocida por los Inka con el nombre de Antisuyo. La elevada cultura que por muchos años prosperó en el mundo andino fue destruida a manos de los conquistadores españoles, quienes poseían una mayor tecnología militar y un ánimo violento muy superior al nuestro. En comparación al resto del Perú, los territorios amazónicos permanecieron más libres de la presencia europea, sus perversiones y sus codicias. Aunque las primeras incursiones de los misioneros afectaron la vida de nuestros antiguos, los cambios no fueron tan dramáticos como en la sierra y en la costa, donde a los indígenas los sometieron con crueldad y persiguieron a sus sabios. Nuestros médicos siguieron cultivando y ejerciendo su ciencia sin que los misioneros pudieran hacer mucho. Algunos aceptaron lo mejor que aportaba el mensaje cristiano de perdón y amor a Dios, sin por ello perder su herencia.

Los misioneros no siempre eran buenos cristianos, sino que con sus obras contradecían lo que predicaban con sus bocas. Decían que eran herederos del mensaje de San Francisco de Asís, pero pocos tenía su amor desprendido y liberal. Los religiosos llegaban acompañados de soldados y trayendo enfermedades en sus cuerpos, como la gripe y el sarampión, que nuestros ancestros no conocían y sus cuerpos no podían resistir. Ellos juzgaban a nuestros ancestros con prejuicios y aseguraban que eran peor que animales, sin ninguna conciencia humana ni recuerdo de Dios. Nuestros antiguos, muchas veces, tuvieron que luchar contra ellos, para salvar sus vidas. Y los expulsamos de nuestras tierras con valor. En la época en la que los ashaninkas y otras naciones de la familia Arawak se sublevaban, siguiendo a Juan Santos Ataw Wallpa y a su hijo Josesito, también entre nosotros los Pano surgieron líderes guerreros, valientes y sinceros. Aún hay quienes guardamos el recuerdo de Felipe Koramaje, de Roncato, de Romirato, grandes y fuertes kurakas que supieron unir a las familias para la defensa común de nuestra libertad.

                Pero no podíamos resistir la entrada de occidente y sus balas por siempre. Los mestizos y los blancos crecieron, invadiendo nuestros territorios y arrinconándonos cada vez más. De la sierra empezaron a llegar muchas personas deseosas de vivir en nuestra región. Y nosotros nos fuimos debilitando y reduciendo. Pero seguíamos luchando y resistiendo. Luego llegó la fiebre del caucho: atraídos por la promesa de riquezas incalculables, vinieron a nuestros territorios personas de todos los pueblos y razas. Los cocamas volvieron, los lamistos llegaron con los serranos, con los blancos de todos los países, españoles, portugueses, italianos, alemanes, con los negros de Brasil. Ese fue un tiempo de gran crueldad. Cualquier descripción de los horrores cometidos por los patrones será poca cosa para dar cuenta del inferno que expandieron con su codicia. Nuestros bisabuelos lucharon contra los patrones y sus ejércitos privados. Otros trabajaron para ellos. Esos patrones tenían barcos a vapor navegando el río Ucayali; cuando veían a un indígena, ahí nomás se bajaban los capataces con sus perros, y trataban de cazar al hombre, a su mujer, a sus hijos. Los hacían esclavos.

Es en ese tiempo que todos esos pueblos que cohabitaban empezaron a mezclarse y a confundir sus identidades. Los lamistas se casaban con mujeres shipibas, los cocama con los konibo. Todo empezó a confundirse. Y como no había muchos doctores occidentales en la selva ni había farmacias, los mestizos tenían que recurrir a los médicos indígenas cada vez que enfermaban. Entonces también nuestra herencia medicinal empezó a volverse mestiza. Los mestizos mismos y otros pueblos quisieron aprender nuestros conocimientos, pero casi nunca lo hacían de la manera legítima. Los antiguos les enseñaban un poco, pero no les decían todo. La mayoría de esos forasteros no sabía hablar nuestra lengua, no entendía nuestros cantos. Y empezaron a inventar toda suerte de leyendas y formas disparatadas de entender la medicina. Esto se va hasta el día de hoy entre muchos curanderos mestizos, que sin saber nuestra herencia inventan su propia manera de ejercer la medicina y engañan a sus pacientes. Pero ellos nunca van a alcanzar los conocimientos que tenían los antiguos Meraya de nuestro pueblo. 

 

 

3. Luego llegaron los misioneros norteamericanos y el Instituto Lingüístico. Con ellos aprendimos a leer y escribir. Nuestro abuelo, Ranin Bima, que fue un gran médico, tuvo una profesora norteamericana, y gracias a ella pudo leer la Biblia y saber su mensaje. Nuestro abuelo se consideraba a sí mismo cristiano y decía que el poder curativo de las plantas venía del Espíritu Santo. Cuando nos explicaba de la vida de Cristo y sobre las cosas de Dios, nosotros nos sorprendíamos de cuánto sabía y nos preguntábamos cómo había podido entender la profundidad del mensaje cristiano. Él nunca dejaba su Biblia, aunque sea al revés la leí, pero los cristianos decían que era brujo porque practicaba la medicina de nuestros ancestros y nunca se arrepintió de tomar ayawaska, ni dejó sus plantas medicinales. Y es que para él no existía ninguna contradicción entre Cristo y la medicina, entre Dios y las plantas. ¿Acaso Jesús no curaba a los endemoniados, a los ciegos, a los lisiados? ¿No ayunaba Cristo en el desierto así como nuestros antepasados dietaban en el monte? ¿No luchaban ellos también contra los demonios y sus tentaciones? ¿Acaso Dios no creó a las plantas medicinales para el beneficio de todos los hombres?

Los misioneros aprendían nuestra lengua y apreciaban algunas de nuestras costumbres, pero no les gustaba que tomáramos masato; también decían que nuestra medicina era cosa de diablos, engaño de Satanás. Ellos regalaban herramientas de metal, que eran tan necesarias para trabajar la tierra, y con esos regalos convencían a la gente de ya no ir a los médicos antiguos, a curarse solo con los medicamentos de farmacia. Hicieron que muchos médicos dejen de tomar ayawaska. Por ese motivo se perdió gran cantidad de conocimiento y solo pocos jóvenes aprendieron de los viejos maestros. Como varios shipibos se volvieron cristianos, miraban con malos ojos a los médicos y solo querían estudiar con los norteamericanos. Los propios hijos trataban de convencer a sus padres de que ya no debían tomar medicina. En el Instituto se formaron los primeros profesores bilingües del pueblo shipibo y desde entonces fue más importante para los shipibos volverse profesionales que aprender de la medicina. Incluso los jóvenes se burlaban de los que querían aprender a ser médicos, como si fuera cosa del pasado y sin valor. Este es un punto de la historia que no puede ignorarse, pues mucha de la farsa que se ve hoy día entre los que dan de tomar ayawaska viene de esta interrupción en la trasmisión de los conocimientos ancestrales.

Mediante un golpe de estado al presidente Fernando Belaunde, llegó al poder el gobierno revolucionario. Ellos expulsaron a los del Instituto Lingüístico de Verano, afirmando que eran agentes encubiertos del servicio de inteligencia norteamericano. Se dieron entonces los primeros pasos para que la educación bilingüe pase a formar parte de la política del Ministerio de Educación. El mismo general Velazco Alvarado visitó la comunidad nativa de San Francisco de Yarinacocha. Como era un gobierno militar de orientación socialista y con presencia indigenista, entonces se pudo luchar por el reconocimiento de nuestras tierras comunitarias. Fue entonces cuando las primeras comunidades shipibas pudieron titular sus territorios ancestrales. Y los shipibos empezamos a entender de la política de estado. El problema con todo esto fue que las personas seguían dejando de lado las prácticas medicinales de los ancestros. Y también que las familias empezaron a dividirse por la política, cada uno buscando su partido y su forma de sacar provecho. Ya la gente no pensaba en el beneficio del grupo, sino cada quien en el suyo propio.

 

 

4. Nuestra tradición medicinal estuvo a punto de desaparecer. De nuestros tíos, hijos de Ranin Bima, ya ninguno quiso aprender de la medicina; nuestra mamá, Isa Biri, conocía bastante sobre las plantas y sus propiedades medicinales. También tenía revelaciones en sus sueños. Pero ella tenía poca fuerza medicinal para curar con cantos y solo trataba a los niñitos. Y es que antes, no era común que las mujeres aprendieran y dieran de tomar ayawaska, por el rigor físico de las dietas (de iniciación) y porque la menstruación femenina es contraria a la medicina. Este también es un punto importante a tener en cuenta. Ahora hay muchas mujeres que dicen que son maestras, pero casi ninguna tiene grandes conocimientos. Poquita dieta nomás tienen. Muchos extranjeros piensan que las mujeres (por el simple hecho de ser mujeres) son mejores curanderas que los hombres, y hay algunas que aprovechan esto para hacer negocio. Pero nosotros escuchamos los cantos de esas mujeres, y entendemos lo que dicen; por eso sabemos que no saben mucho de la medicina, y engañan a los extranjeros.

En la antigüedad, solo las mujeres que habían pasado la menopausia se dedicaban a la medicina. Era muy excepcional que una mujer joven aprendiera. Podía pasar, pero solo en muy contados casos. Por supuesto, muchas mujeres conocían una enorme variedad de plantas medicinales y las usaban con regularidad, pero muy pocas se dedicaban al aprendizaje para convertirse en médicas visionarias. Lo cierto es que cuando una mujer quiere llegar a ser médica, puede serlo, incluso hay aspectos de la medicina que podrá aprender con mucho más facilidad que un hombre; pero debe estar dispuesta a dedicarse por completo a su vocación. Ser médico no es un asunto para cualquiera. Una mujer joven no puede hacer dietas mayores a 27 días, respetando su ciclo sexual. Se dice también que una mujer curandera ya no puede tener sexo. La esposa de un médico siempre debe ayudar a su esposo en las curaciones, pues las mujeres tienen una fuerza medicinal que los hombres no tienen. Además, buena parte la dieta que hace un hombre médico, es recibida también por su mujer, cuando ella se comporta bien y tiene buenos pensamientos. Pero lo conveniente es que no sea ella misma curandera hasta haber tenido a sus hijos y poder dedicarse por completo a la medicina.

Los Dueños de las plantas medicinales son perfumados y sus mujeres, al parecer, no sangran. Por eso no les agrada la menstruación. A estos espíritus tampoco les gusta el olor del esperma masculino y del sexo. Más bien, el olor de la sangre menstruante atrae a ciertos espíritus nocivos del bosque, como las nutrias y los bufeos colorados, cuyos espectros recorren las noches emitiendo un silbido (igual que los muertos) y violan a las mujeres en sus sueños. Esto sucede especialmente cuando las mujeres menstruantes caminan por ciertos lugares alejados del bosque, cerca a los ríos o lagunillas; entonces los seres nocivos sienten su olor y las siguen (espiritualmente) para aprovecharse de ellas. Estos animales nocivos raptan el espíritu de las mujeres y llevan sus almas a vivir con ellos bajo el agua, como si fueran sus esposas. En las comunidades, muchas mujeres se enferman de esto y deben ser tratadas. Por eso en la antigüedad las mujeres debían incluso permanecer bajo su mosquitero, sin salir, durante la menstruación. Claro, todo esto parecerá cuento y superstición para la mentalidad moderna. ¿Qué puede saber de estos una persona que viven entre avenidas y edificios? Pero para nosotros, que vivimos en una comunidad en la selva, es un asunto muy real. Pues son muchos los casos de mujeres indígenas enfermas por las nutrias que debemos tratar. ¿Cómo puede ser un médico tradicional aquel que deja de vivir en su comunidad y se aleja de sus plantas, de su cultura, y ningún paciente indígena lo busca? ¿No parece un poco sospechoso?

Las mujeres menstruantes no deben asistir a una sesión de ayawaska, ni un médico puede tratarlas. Estas restricciones han estado presentes en casi toda la Amazonía y en muchos lugares del continente americano. Por supuesto, muchas mujeres feministas piensan que todo esto es expresión de machismo. Incluso dicen que la menstruación es el momento de mayor poder de la mujer y piensan que los médicos tememos eso. Pero esto es un absurdo nacido de mentes rebeldes y sin humildad. Es posible que quienes opinen esto sean mujeres que vienen de familias machistas, que han cohibido a las mujeres, y piensen que nosotros somos iguales. Pero entre los shipibos, los miembros de la pareja nos complementamos el uno al otro. Y la medicina nuestra no se trata de tener poder (pues la búsqueda del poder es la vocación de los brujos). El médico deja que sea el poder de Dios el que fluya a través suyo para curar a los pacientes. Cumplimos con las recomendaciones dejadas por nuestros ancestros pues ellos han trabajado con la medicina por miles de años, para llegar a la forma adecuada de curar con ella. La medicina es flexible, y puede responder a nuevas enfermedad y contexto de vida, pero para ser medicinal no puede dejar de cumplir con las recomendaciones de los antiguos.

 

 

                5. Poco a poco, nuestra herencia medicinal se está perdiendo y las cosas se están tergiversando, convirtiéndose todo en un circo y un negocio. Todo se hace para satisfacer las búsquedas de exotismo y mística ligera de los clientes extranjeros. De la generación de nuestros padres, solo unos cuantos aprendieron bien a ser médicos legítimos. Cuando eran jóvenes, no escuchaban a sus mayores ni les interesaba seguir sus pasos. Todos pensaban solo en volverse profesionales o políticos. Algunos se hicieron predicadores. Pero esto cambió cuando empezaron a llegar los primeros extranjeros queriendo tener una experiencia con ayawaska, buscando “chamanes”. Ahí sí todos decían que eran expertos ayawaskeros, pero lo hacían solo por amor al dinero. No se habían preparado de manera legítima, dietando por varios años, para aprender la sabiduría de las plantas y de los seres espirituales, quienes son los verdaderos Dueños de los conocimientos medicinales. Cómo nosotros vivimos en una comunidad indígena y hemos escuchado a nuestros abuelos y a nuestros padres, no nos pueden engañar como se engaña a los foráneos. Esta es nuestra herencia espiritual.

A la mayoría de esos llamados “chamanes” les gusta mucho la cerveza y las mujeres, lo cual arruina la fuerza medicinal y los convierte en unos estafadores. Algunos dietan unos cuantos meses y ya dicen que son médicos, pero con tan poco tiempo de dieta no se puede conocer lo bueno, pues el mundo de la medicina demora en abrirse; de esa manera apurada solo se aprende lo malo, para ser brujo, para tener el poder de la envidia y el egoísmo. Eso sí que se aprende rápido. Y es fácil engañar a los que no conocen nada, diciendo que uno es médico, cuando lo cierto es que en su corazón anida violencia y odio. Otros aprenden solo de los libros de ciencias ocultas y magia negra, y por eso no pueden curar. Es fácil encontrar personas que den de tomar ayawaska y canten. Los pacientes, por el efecto del ayawaska y de los cantos, se emocionan e ilusionan. Pero eso no es medicina. Médicos legítimos hay muy pocos. Tal vez no son más de diez o quince. Nosotros tenemos la suerte de que uno de ellos es nuestro tío Shanen Sheka (pájaro de hermosos colores), quien nos enseñó y guío de todo corazón y con generosidad. Y también que nuestro abuelo, Ranin Bima, nos dejó como herencia sus cantos, su canal energético, y aún en sueños nos ha guiado luego de que partiera al otro mundo.  

                Sabemos que ahora hay un interés mundial por el ayawaska, pero la mayoría de personas andan por el camino incorrecto. En vez de curarse, debido al uso irrespetuoso que hacen de nuestras plantas se vuelven más locos, solo que no se dan cuentan, porque ya están demasiado enfermos como para tomar conciencia de su condición. Vienen de un mundo loco, perdido en ilusiones, soberbia y drogas, por lo que su locura pasa un poco desapercibida entre las multitudes anónimas y erradas de las grandes ciudades. Creen que el tomar ayawaska los ilumina ante los demás con una suerte de aura mística. Es pura vanidad. Se piensan sabios ante sus propios ojos, pero son necios. Es importante saber que aunque casi todos los pueblos amazónicos conocían la liana ayawaska (que nosotros llamamos nishi), pocos la usaban mezclada con las hojas del arbusto chakuruna (kawa) para tener visiones y curar. Es recién en los últimos 100 años que el uso visionario del ayawaska se ha expandido por toda la Amazonía, aunque poco saben cuáles son los caminos legítimos para iniciarse como médicos. Podemos afirmar con certeza que los pueblos Pano (entre los que nos encontramos los shipibos) usaron el ayawaska combinado con la chakuruna desde hace muchos años. Sabemos también del uso de los pueblos jíbaros y secoyas. De los demás sabemos poco y mucho parece dudoso. La proliferación de supuestos “taytas” y “chamanes” es muy sospechosa y poco seria.

                La mayoría de personas extranjeras que viene a tomar ayawaska son consumidores de drogas, o lo han sido, y buscan nuestra medicina solo para tener una experiencia visionaria más, diferente, con un halo de misterio y exotismo. Y que ellos piensan más saludable. Pero eso no es sanación. Muchos se aproximan al ayawaska desde un punto de vista psicológico, concibiéndolo como una intensa experiencia que permite una descarga emocional y una suerte de revelación de recuerdos reprimidos y realidad inadvertidas. Pero los que respetamos la herencia de nuestros padres, nada tenemos que ver con eso. Nosotros curamos enfermedades físicas y espirituales graves. Salvamos vidas. Dar de tomar una fuerte dosis de ayawaska y cantar canciones que hemos aprendido de memoria, para producir en otros una experiencia alucinógena y psicoactiva, es cosa fácil; pero curar es algo muy distinto. En la tradición shipiba, el médico toma ayawaska para entrar en contacto con un mundo de alta vibración, el mundo espiritual de la medicina visionaria (rao nete). Desde ese mundo viene la fuerza curativa del médico y se expresa en los cantos medicinales. La curación se realiza a través de los cantos de un médico que se ha iniciado siguiendo el camino legítimo. El médico visionario es una persona que se ha preparado y purificado para ser un canal por el que pueda fluir la fuerza medicinal del Gran Espíritu.

 

 

6. Los antiguos médicos shipibos no solían dar de tomar ayawaska a sus pacientes. No es necesario que el paciente tome ayawaska para curarse, pues el médico cura con sus cantos. Cuando lo consideramos necesario, nosotros damos al paciente ayawaska para que abra su mente, se conecte con su mundo espiritual y reflexione sobre su propia vida. Con nuestros cantos abrimos el mundo de la medicina y los hacemos viajar por sus propias vivencias (maya nete bainkin, se dice entonces en los cantos, para que el paciente contemple su vida desde la sabiduría de nuestra medicina; de esa manera, podrá descubrir cuál es la raíz de sus dolores, de sus frustraciones y rabias, y cuáles son las fallas y hábitos que están perjudicando su salud). Hay que evaluar cada caso. Pero, en general, no damos de tomar ayawaska al paciente que tiene una enfermedad física grave, ni al que sufre una inestabilidad psicológica profunda. Estos casos se tratan solo con los cantos y otras plantas medicinales. Es importante ahondar en la raíz de las prácticas médicas indígenas; nuestros ancestros usaron el ayawaska por cientos o miles de años, perfeccionando su uso. No se puede improvisar, ni jugar con quienes buscan ayuda.

El médico toma ayawaska para poder ver las enfermedades del paciente. Al ampliarse nuestras capacidades perceptivas, visualizamos el interior de su cuerpo, su mente y su alma. Todo aquello que no se muestra a los ojos del cuerpo, nosotros lo contemplamos con el ojo del espíritu. Así podemos hacer un diagnóstico, y también empezar a delinear cuál va a ser la terapéutica a seguir. Cuando llega un paciente muy enfermo, sobre todo si ha sido embrujado, al principio su mundo se encuentra cerrado; y así mismo nuestra medicina se cierra un poco por la enfermedad que aqueja a la persona. Entonces con nuestros cantos tenemos que empezar a abrir nuestro mundo medicinal y abrir el mundo de la persona, para poder observarla. No podemos curar en una, tenemos que observar primero. Hay que evaluar qué tipo de mal afecta a la persona y si tenemos el conocimiento necesario para curarla. Debemos saber con qué plantas vamos a trabajar, a qué fuerzas espirituales vamos a invocar para curar a nuestros pacientes y cuánto tiempo va a durar su curación.

 Hay que mirar bien si la persona en verdad quiere curarse. Porque hay personas que no quieren curarse, pues no están dispuestas a seguir nuestras prescripciones y cambiar su forma de vida. Toda curación demanda cierto sacrificio, pues el paciente debe dejar de lado todas esas cosas que lo enferman. Como cualquier otro médico nosotros también damos una prescripción y el paciente debe cumplirla para curarse. El paciente debe seguir las abstinencias de lo que nosotros llamamos la dieta, que son el régimen alimenticio y de comportamiento que deben seguir todos lo que quieren curarse. No hay curación sin dieta; y quien dieta de manera adecuada, tiene garantizada su curación. Solo se trata de cumplir con valor y obediencia; con humildad, fe y determinación. Una vez que abrimos el mundo de la medicina y el mundo del paciente, podemos ver todo con claridad. No hay secretos que no podamos descubrir, pues a la visión de la planta no se le puede engañar. Nuestros cantos pueden penetrar hasta los resquicios más ocultos de la enfermedad, ir hasta su mismo principio, para extirparla del paciente y devolverlo a la salud. Debemos recordarle al paciente como volver a la salud de su ser original.

 

 

7. Los cantos medicinales (rao bewabo) son la principal herramienta de la medicina. Pero la mayoría de personas que dan de tomar ayawaska en nuestros días no entienden ni siquiera cuál es la diferencia entre un canto medicinal, que los curanderos mestizos llaman ikaro, y una canción bonita que habla de las plantas o que da buenos consejos a los pacientes, que canta sobre Dios o sobre las fuerzas de la naturaleza. Para empezar, el canto medicinal no es como un poema que surge en un momento de reflexión propiciado por la toma de ayawaska. El canto no es fruto de un proceso de creación personal, sino que viene dictado por los Dueños espirituales (Ibo) de las plantas medicinales. Es una corriente curativa que captamos como por una antena, entra por la parte superior de nuestro cráneo y sale por nuestra boca en palabras humanas. No se trata de que el canto sea agradable o de tener un buen registro de voz. Los cantos son fuerzas vibratorias que llegan hasta las células y moléculas del paciente. Sin una correcta compresión de los cantos medicinales y de su profundidad, no hay medicina posible.

No cualquier persona puede cantar un canto curativo. Y tampoco se puede entender lo que es un canto y ejecutarlo gracias a una formación teórica. El proceso de aprendizaje es muy diferente a lo que se entiende por educación bajo la lógica moderna. Nosotros decimos que las plantas fuertes tienen Dueños espirituales; de ellos vienen toda nuestra capacidad para sanar a un paciente. En tanto nos vamos iniciando en la medicina mediante las dietas, los Dueños de las plantas nos van enseñando cómo debemos hablar con ellos de forma apropiada para que nos asistan en las sesiones medicinales. Y es que no se les puede hablar de cualquier forma a los Dueños del mundo medicinal, aunque tampoco podremos engañarlos con meras palabras agradables: ellos son capaces de ver el corazón humano como si fuese transparente y conocen si los respetamos y cuáles son nuestras intenciones. Al avanzar en su aprendizaje, el médico desarrolla una suerte de facultad perceptiva superior mediante la cual puede entrar en relación con esos Dueños de la medicina y captar la fuerza curativa de ese mundo hermoso y de alta vibración del que proviene toda medicina; y esa fuerza toma cuerpo, substancia, frecuencia, en la voz del médico. Por eso decimos que el médico es solo un instrumento de la medicina, como un equipo que capta las ondas de radio.

En una sesión medicinal, los cantos tienen siempre que girar (maya bewa). El movimiento de los cantos, como la vida misma, es circular. La medicina actúa en círculos y espirales. Y este movimiento circular de los cantos debe fluir de forma armónica. El médico debe despojarse de toda preocupación o deseo personal, debe estar con la mente vacía, concentrado en su paciente, y dejar espacio libre dentro suyo para que la medicina se manifieste a través de él y empiece a fluir. Ahí sentados, sin realizar ningún movimiento, libres de toda perturbación o temor, nuestro corazón se abre y la fuerza curativa del Gran Espíritu nos atraviesa y se manifiesta en nuestras vibraciones vocales. Y entonces somos como manantiales de un agua sanadora que da de beber a las personas cansadas de sus enfermedades y que están dispuestas a cambiar su vida y acercar su espíritu a Dios. Los cantos se hunden en el paciente hasta alcanzar su intimidad más íntima. Cuando la persona está muy enferma, un canto sanador puede ser hasta incómodo, pues es necesario que el canto alcance a la enfermedad y la enfermedad se resista. No es necesario que un canto de placer para ser curativo. La experiencia de sanación no suele ser placentera, sobre todo al principio del proceso, pero sus resultados son positivos y duraderos. Muchas veces, lo que parece dulce y fácil nos lleva a grandes complicaciones; y lo que en un principio se muestra como amargo y difícil, nos conduce a la salud. 

El médico legítimo no duda cuando está cantando; es como si detrás nuestro un médico antiguo nos estuviera guiando y diciendo qué debemos hacer. Debemos estar bien concentrados para escuchar sus indicaciones y seguirlas; para captar al paciente, poder delinear su enfermedad y saber qué debemos cantar para incentivar su proceso curativo. En el fondo, no es nuestro ni el poder para curar ni el conocimiento, sino que la sabiduría y el poder viene de ese mundo de alta vibración con el que llegamos a conectarnos gracias a nuestras plantas medicinales. Dios ha inseminado a las plantas con ese poder y conocimiento. Toda la medicina viene de Dios y retorna a él. ¿Cómo podríamos, entonces, curar a una persona sin fe, que persiste en rebelarse contra Dios y sostiene su orgullo? Ni el mejor médico puede curar a quien no abre su mente y su corazón a Dios. Hay quienes dicen que el ayawaska es una planta para agnósticos, pues pone en duda todas nuestras certezas, pero a nosotros nos parece que esta afirmación no tiene sentido alguno; al menos, no lo tiene para una persona saludable, o con sincero ánimo de curarse y mejorar su vida. La medicina siempre fue para las personas humildes y sencillas, con un corazón lleno de fe. Las mentes muy complicadas e intelectuales, llenas de inquietud y de soberbia, se resisten al proceso medicinal y no suelen poder cumplir con las abstinencias de la dieta. Ni el mejor médico puede curar a quien no quiere sanarse y a quien tiene un alma mezquina y arrogante.

No existe tal cosa como cantos de curación colectivos, para sanar a veinte personas al mismo tiempo. Estas supuestas sesiones medicinales con 20 o 30 personas son puro cuento. Hay que cantar a cada paciente de forma particular. Los cantos shipibos no son como la mayoría de los ikaros mestizos, que cantan un poco de manera general a las plantas medicinales y les piden curación. Nuestros cantos suelen ser mucho más precisos, con una capacidad quirúrgica para dar en el nervio exacto del sufrimiento particular que aqueja a cada paciente. Hay cantos para traer las almas perdidas por el susto o el kutipado, hay cantos para abrir los mundos medicinales, para elevar la mareación del ayawaska, para bajar su efecto, para abrir el mundo de las visiones, para ver el interior de los pacientes, para limpiar la profundidad del cuerpo, la profundidad de la mente, para tranquilizar las iras, para alegrar y hacer danzar las almas, para combatir los distintos tipos de daño, para limpiar los malos aires y las energías que no circulan; cantos para que el espíritu se eleve, para que se sumerja en el agua, se hunda en la tierra, cantos para hacer retroceder a los brujos enemigos y defenderse. Hay cantos para casi todo.

Las palabras medicinales son buenas (jakon joi), son perfumadas (inin joi), son hermosas (metsa joi), son sutiles (soi joi), son fuertes (koshi joi). Aunque el shipibo que hablamos hoy lo mezclamos con castellano, sigue siendo una lengua heredada de los antiguos Meraya. Desde siempre el shipibo ha crecido entrelazado con la fuerza medicinal de las plantas. La temperatura de nuestra lengua se ha formado en su relación íntima con los vegetales y sus mundos espirituales. Por eso el shipibo es flexible y fluido como los ríos amazónicos; emana de él un dulzor solar semejante a los frutos del monte y un aroma curativo como el de nuestras plantas perfumadas; resplandece en la noche como estrellas vibrantes; es generoso como el manantial que da de sí, pero nunca se agota; es sencillo como nuestra mente, noble como nuestros corazones y rústico como la corteza de los árboles y nuestra piel curtida por el trabajo. Y sabe penetrar en las aguas o elevarse sobre las nubes, como hacían los antiguos médicos. El shipibo puede vibrar a una frecuencia precisa para abrir, más que otras lenguas, los mundos visionarios del ayawaska. Es posible que otras lenguas amazónicas también puedan alcanzar estos mundos, pero en todo caso serán pocas, pues ni aún el quechua alcanza. La vibración y tonalidad de nuestra lengua es la que posibilita nuestra medicina. No se puede profundizar en la medicina sin un conocimiento profundo de nuestra lengua y de sus formas de expresión en el canto medicinal, pues el shipibo de los cantos medicinales tampoco es igual al shipibo que hablamos en el día a día. Este shipibo medicinal conserva capacidad de asombro y liquidez; bien parece una lengua propia de la aurora del mundo, como recién emergida del verbo de Dios.   

 

 

8. Quien no se ha iniciado siguiendo los caminos legítimos dejados por los antiguos no puede practicar la medicina con profundidad, e inventa maneras de actuar con la medicina según su capricho. Algunos han llegado al punto de dar de tomar ayawaska y luego tocar instrumentos musicales. Los instrumentos musicales no tienen ninguna fuerza curativa. Nuestros ancestros nunca hicieron eso. Suponemos que eso lo hacen para tratar de engañar a los clientes y tratar de suplir, de alguna manera, su falta de conexión con las fuentes de la medicina. El mundo medicinal no se abre para cualquiera. En las selvas existen espíritus encargados de cuidar nuestra ciencia (que no pueden ser vistos con los ojos del cuerpo, pero son conocidos por los iniciados, a través de sus sueños y visiones). De ellos viene toda la sabiduría medicinal; quien no logra entrar en relación con estos seres escondidos, jamás podrá curar a nadie usando el ayawaska. Estos espíritus no suelen manifestarse ni siquiera a los shipibos de hoy, pues no han dietado el tiempo suficiente, y viven una vida desordenada. Menos aún lo harán, así como así, frente a personas de otras naciones. Este es un hecho que debe ser aceptado. Para entablar un vínculo con ellos, es necesario ser parte de una familia indígena que haya conservado la conexión con estos mundos espirituales. Y la persona debe haber arreglado su vida y tener buenas intenciones. Nadie va a poder engañar a estos espíritus medicinales.

La ciencia de la medicina visionaria no puede ser aprendida leyendo un libro o escuchando una conferencia, sino que hay que dietar las plantas adecuadas y tener un maestro que nos haga herederos del antiguo linaje. Como hay pocas personas que tienen el conocimiento legítimo y muchos improvisados que quieren sacar partido de nuestra herencia, se escuchan ahora toda serie de disparates. Por ejemplo, muchos dicen que el ayawaska es “planta madre”. Eso es ofensivo. La medicina ayawaska es un matrimonio entre la energía femenina de la chakuruna (que nosotros llamamos kawa y es la que dona la visión) y la masculina de la liana ayawaska (que da a la medicina profundidad y sabiduría). A la combinación se le llama ayawaska porque el aspecto masculino, en este caso, es el que prima y guía. El ayawaska no tiene “madre”, sino que tiene Dueño. Si yo canto “madrecita ayawaska”, la planta nunca me va a abrir su mundo, porque no me estoy dirigiendo a él como pide ser tratado. Nosotros vemos en nuestra visión que el Dueño del ayawaska aparece vestido a usanza de los antiguos Inka. Las personas podrán seguir cantando a la “madre ayawaska” y creándose muchas ilusiones. Pensaran que saben, con soberbia, pero nunca profundizarán en el conocimiento legítimo.

Hay muchos que dicen que la “madre” del ayawaska es una serpiente. Estos tampoco saben lo que dicen. Las personas que aseguran haber visto muchas serpientes en sus visiones de ayawaska pueden estar seguras de que han tomado con “chamanes” que no saben hablar con la medicina de la manera apropiada. Las plantas medicinales, como el ayawaska, tienen un origen silvestre y las serpientes son símbolo de esta procedencia. En los bosques amazónicos hay animales capaces de matar al ser humano. De los bosques provienen nuestras medicinas, pero son territorios ambiguos y que entrañan ciertos peligrosos. Hay que saber andar por los bosques amazónicos con propiedad para preservar nuestra vida. El curandero legítimo debe saber atemperar la planta mediante sus cantos y abrir los mundos que se hallan ocultos bajo la superficie aparente del bosque. Si vemos en nuestra visión serpientes venenosas, víboras, podemos estar seguros de que se trata de energías nocivas y brujería. Los jaguares y las boas son también animales peligrosos, capaces de acabar con la vida de un ser humano. Se trata de fuerzas con las que el médico legítimo debe saber tratar en la justa medida, púes de no poder controlarlas pueden volcarse contra nosotros mismos.

Los shipibos conocemos a una enorme boa que llamamos ronin. No es la anaconda, sino mucho más grande. Los curanderos podemos convocar a esa serpiente para nuestra protección, cuando nos vemos acosados por los ataques de brujería de algún enemigo. Incluso, sabemos sentarnos sobre una enorme ronin dorada, y así podemos navegar los lagos y ríos de la selva. Se suele decir que estas serpientes viven en las lagunas o en los remolinos de los ríos. A ellas se les conocía, en los tiempos del Tawantinsuyo, con el nombre quechua de amaru. Estas serpientes descomunales, similares a los dragones, son para nuestra defensa. Pero no podemos usarla para atacar, pues entonces nos convertiríamos en brujos. La persona que se ve dominada por la anaconda, por el jaguar o por cualquier animal, no es un médico legítimo; el médico es dueño de sí mismo, y no puede enajenar su visión humana del mundo en la perspectiva de otros seres. Hemos escuchado decir que algunos “chamanes” llegan a serlo gracias a que una anaconda los tragó. ¿Qué de bueno podría traernos el ser engullido por una boa? Una historia así no tiene ni pies ni cabezas. Nada de eso nos enseñaron los Meraya.

 

 

9. Como ya hemos dicho, los médicos nos iniciamos en la medicina mediante las dietas, que en shipibo llamamos samaa. También una persona que desea curarse debe dietar. La dieta es la base del conocimiento y de la curación, pues sin dieta no hay medicina. Para poder hablar con propiedad de nuestra herencia medicinal, es también imprescindible entender bien de qué se trata una dieta legítima, pues en nuestros días hay también mucha confusión y engaño al respecto. Debido a esta confusión imperante, puede tomar mucho tiempo de investigación el poder encontrar cuál es la forma legítima para realizar una dieta en los términos de las tradiciones medicinales de nuestra Amazonía. Cuando uno se baña con las hojas de una planta maestra o toma la corteza de los árboles del monte, debe hacerlo bajo un régimen preciso de alimentación y comportamiento. De lo contrario, la persona puede ser castigada por el Dueño de la planta, lo que en el español mestizo de la región se dice kutiparse. También cuando un maestro nos ha cantado para curar, debemos dietar para que los cantos trabajen en nuestro cuerpo y nos sanen.

Según los términos de nuestra tradición medicinal, dietar no significa, necesariamente, alimentarse de manera saludable. Dietar no es, por ningún motivo, comer comida vegetariana, como muchos creen y practican en nuestros días. Dietar es, para decirlo de manera sencilla, cumplir con las normas necesarias para asimilar de la mejor manera la fuerza medicinal de las plantas o su sabiduría espiritual. La dieta consiste en pasar un tiempo determinado (dependiendo de la planta elegida o de la terapia indicada) siguiendo un régimen preciso. Por ningún motivo el dietador puede consumir aceite, siendo esta la indicación principal. Tampoco puede comer vegetales (salvo algunas legumbres, como lentejas – no se comen ensaladas, ni se trata de alimentarse como vegetariano, como creen algunos); no puede bañarse con jabón, ni aún su ropa debe ser lavado con jabón, ni deberá lavarse los dientes con pasta dental. Solo comerá algunos pescados de agua dulce (otros no), algunas aves de monte, plátanos verdes ahumados, arroz, avena, lentejas y papas. El dietador no come yuca ni toma agua de coco. Algunos prescinden por completo de la sal, aunque es recomendable comer de ella al menos cada cuatro días, para evitar un debilitamiento excesivo. Durante los días de la dieta no se puede tener relaciones sexuales, ni aún recibir alimentos por personas que las hayan tenido. No se puede tener cercanía con una mujer menstruante. El dietador legítimo no volverá a comer puerco ni ají nunca más en su vida. En los tiempos de nuestro abuelo, para empezar a ser médico y curar enfermedades menores, como diarreas, se debía pasar al menos un año dietando de esta manera.

Durante la dieta de aprendizaje no se puede ingerir ayawaska por ningún motivo; si es una dieta de curación, en cambio, el paciente sí puede tomar ayawaska. Si una persona que quiere iniciarse toma ayawaska, se corta de forma abrupta la dieta y ya no recibe más enseñanzas de las plantas dietadas. Este es un principio básico del aprendizaje. Todos los médicos legítimos lo saben, aunque la mayoría de personas hoy en día lo pasan por alto, ya sea por falta de conocimiento o para engañar a la gente. Lo que sucede es que los extranjeros que quieren ser “chamanes” exigen que se les de ayawaska; y por no perder su negocio, ceden a este pedido. Se trata de un asunto delicado. Todas las plantas que nosotros dietamos tienen, algunas más, algunas menos, saberes negativos y conocimientos positivos. Al principio de la dieta, la planta nos dona los conocimientos negativos y el aprendiz debe saber cómo rechazarlos, pues de lo contrario los recibe pensando que son una buena cosa; solo cuando la dieta está por acabar y el dietador ha cumplido con el rigor de las abstinencias, se abre el poder medicinal de la planta dietada. Entonces, quien corta la dieta de manera abrupta, sea tomando ayawaska o de otra manera, solo recibe los conocimientos negativos de las plantas. Cuando se practica la medicina de manera legítima, es solo acabada la dieta, pasado uno o dos días, que se toma ayawaska para ver cómo ha ido la dieta y limpiar los conocimientos negativos que pueda haber recibido el aprendiz.

El dietador realiza pocas acciones. Suele pasar las horas tumbado en su hamaca o bajo el mosquitero. No debe exponerse al sol ni debe mojarse con la lluvia. Sus movimientos son pausados. No debe tener discusiones ni hablar demasiado. De preferencia, debería estar aislado de los demás. Hay que dejar de lado las preocupaciones y los conflictos del mundo social. Poco a poco, el cuerpo y la mente dejan la agitación. Las horas pasan lentas. El dietador se aquieta y asimila la temporalidad del vegetal. A pesar de que no lleva a cabo acción alguna, en su espíritu se gestan sutiles transformaciones. En el silencio y la quietud trabajan de manera óptima las plantas medicinales. El dietador se va purificando de todas sus impurezas físicas y mentales. Se trata de un retorno a la pureza de su ser original. Y en ese retorno recupera las facultades perceptivas y espirituales con las que fueron dotados los seres humanos al principio, en el origen, antes de perderlas a causa de nuestras transgresiones. Ser médico no es otra cosa que volver a ser lo que fuimos al principio. Nuestra medicina es una forma de retorno, pero no es la única. El budismo es también un camino. Y también lo es el cristianismo, cuando habla de volver a ser niño y de liberarnos del pecado, para que nazca el nuevo hombre, el Cristo en el corazón, que no es otra cosa que volver a ser imagen y semejanza de Dios, conforme fuimos creados. Y es que todo lo que viene del Espíritu, al Espíritu retorna.

Cuando se dietan plantas maestras, las plantas sumergen al dietador en ese mundo de alta vibración del que proviene toda medicina. Es un mundo hermoso y de pureza indecible. En él no existe la maldad, la mezquindad, el egoísmo, la perversión. Por eso la mente y las emociones de quien está iniciando, en tanto humano imperfecto, chocan y contrastan con la pureza de ese mundo. El dietador puede sentirse muy perturbado por este choque. La propia negatividad de su pensamiento se puede volcar contra él y hacerlo sentir intranquilo. Entonces, las dietas no solo implican un gran esfuerzo físico, sino que también hay un desgaste emotivo. Si el dietador no llega a reconocer cuáles son sus fallas y desviaciones, y decide modificarlas, no avanzará en el mundo medicinal; siempre se quedará en la superficie, aprendiendo solo conocimientos anti-sociales. Por eso, las primeras dietas son las más difíciles; con el tiempo, el dietador logrará alinear su pensamiento y su vida con la fuente de la medicina, y las perturbaciones serán menores. La medicina quiere erradicar de nosotros todo aquello que se resiste a la sanidad.

A pesar de su quietud física, el espíritu del dietador está viajando y visita las regiones en las que habitan los espíritus Dueños de la medicina. Es como si navegara en canoa por ríos invisibles y se desplazara por geografías que no pueden ser vistas por nuestros ojos de carne, pero que son reales y llenas de belleza y luminosidad. Esto sucede a los dietadores experimentados. Estos desplazamientos y aprendizajes se manifiestan en los sueños del dietador, en los que puede hablar con los espíritus medicinales y recibir sus conocimientos. Hay veces que el dietador ve a su espíritu viviendo en la cima de un árbol o entre los antiguos shipibos; también puede verse a si mismo en hospitales o en lugares secretos, conversando con los Inka. Conforme se profundiza en la dieta, el médico se vuelve semejante a los espíritus, armonizado con el movimiento de la existencia, sin que su mente y negatividad se opongan al fluir natural de la vida. De tal manera podrá permitir que los influjos medicinales fluyan a través suyo y alcancen a los pacientes. Es fácil de entender para quien abre su pensamiento: el médico no hace nada, solo deja que la medicina suceda a través suyo.

 

 

10. Nuestros abuelos nos enseñaron cómo se debe dietar para aprender la medicina. Y también nos dijeron cómo se debe cantar y practicar la medicina para curar. Y a ellos les ensañaron sus padres. ¿Hasta qué siglos se remonta esa enseñanza? ¿Hasta qué eras geológicas hunde sus raíces el conocimiento de nuestros ancestros? Aunque nuestros conocimientos no se han escrito, hemos sabido recordar sin libros, porque no hemos sido olvidadizos. Mediante las plantas medicinales estos conocimientos antiguos vuelven siempre nuevos; y podemos escuchar las voces de nuestros abuelos. Son siglos aprendiendo a trabajar con las plantas maestras de nuestro territorio de manera correcta; y estas formas no pueden cambiarse de un día a otro, y menos sin un argumento sólido o una explicación coherente. Los Dueños de las plantas siguen esperando que nosotros hagamos los mismos sacrificios que hicieron los antiguos. No hay nada como una ruta fácil para alcanzar la iluminación, ni un método rápido para llegar a ser curandero. Tampoco hay tal cosa como un diploma que garantice nuestro trabajo. No podemos un buen día levantarnos de la cama y decir: “yo soy curandero”, y querer aprender las cosas de los abuelos así como así. Nuestras plantas y nuestros conocimientos no son juguetes.

Hay algunas personas mestizas o extranjeras que dicen que todas estas restricciones, estos sacrificios y modos de practicar la medicina, son cosa del pasado. Afirman con excesiva pretensión que la medicina “ya dejó la selva” y que ahora está encontrando nuevos rumbos y fusiones. Pero, ¿cómo podría la medicina dejar la selva y conservar su fuerza, si todo el influjo medicinal viene de las plantas del monte? Nosotros trabajamos en nuestra comunidad, en nuestra casa, en el terreno que nos dejó nuestro abuelo Ranin Bima. Aquí nos sentimos cómodos y enraizados con nuestra antigua herencia. Aquí tenemos las plantas medicinales que hemos sembrado en nuestra huerta, o las que vamos a recolectar en los bosques cercanos. La medicina viene de la selva y no puede dejarla. Lo que ha dejado la selva es nuestra planta sagrada ayawaska y mucha gente improvisada la viene usando por motivos hedonistas, reduciéndola a una droga, para tener una “experiencia”. A nosotros estas personas nos parecen iguales que los conquistadores que robaron el oro de los antiguos peruanos. La mentalidad moderna suele actuar de forma profana e infantil frente a lo sagrado. Nuestros antiguos aprendieron con mucho cuidado cómo deben ser usadas estas plantas para curar. Los que no respetan estas formas legítimas que nos fueron legadas se enferman. El agua es fuente de vida, pero si uno se mete a un lago sin saber nadar, lo más seguro es que se va a ahogar. Quien no ha sido correctamente orientado se perderá con facilidad. Conseguir a alguien que nos enseñe con propiedad, sobre todo si no se ha nacido en una familia de médicos, es un asunto delicado y poco frecuente. Tal vez si se reza a Dios con sinceridad y decisión, él puede hacernos recorrer los caminos que necesitamos para aprender.  

La medicina visionaria de nuestra selva tiene sus legítimos Dueños. Para los shipibos, estos espíritus reciben el nombre de Chaykonibo e Inka. Nuestros ancestros nos enseñaron cómo vincularnos con ellos, de qué manera hablarles, cuál es el modo apropiado para empezar a trabajar con esos grandes médicos espirituales, cómo abrir sus mundos, recibir sus conocimientos y convertirnos en instrumentos refinados de la medicina. Y es que ellos mismos son nuestros padres, nuestros lejanos parientes, a quienes amamos y de los que recibimos apoyo y guía. Cuando viene alguien de otra cultura y quiere aprender, le podemos enseñar si tiene respeto, si está dispuesto a cumplir con las normas y si tiene buen corazón. Pero lo que vemos hoy en día son muchas personas que pasan unos meses en la selva y ya se dicen maestros; viajan por el mundo, dando de tomar ayawaska, poniendo en peligro a quienes asisten a sus ceremonias y haciendo el ridículo. Pueden engañar a quienes no saben nada de la medicina, y hacerse pasar por grandes “chamanes” ante personas locas. Jamás se burlaran de quien sigue el camino medicinal como nos fue enseñado y transmitido de generación en generación. Ellos quieren lucrar y profanar nuestra herencia. Ellos quieren tener poder y vanagloriarse. Todo tiene su momento. Cada quien debe aprender sus propias lecciones en esta vida. Podemos tomar el pelo a los hombres y mujeres confundidos de nuestros días, pero no le mentiremos a Dios.

 

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